DOMINGA.– En el verano de 2003 México no lo supo, pero el Cártel de Sinaloa se coronó en el futbol mexicano. Era el 21 de junio y los habitantes de Irapuato, Guanajuato, tenían puesta la atención en el Estadio Sergio León Chávez: el equipo de casa, la Trinca Fresera, jugaría el partido de vuelta de la Final de Ascenso. Si ganaban los irapuatenses volverían a la Primera División luego de tres décadas de ausencia. Para hacer más dulce la victoria, avanzarían hasta la liga más importante del país dejando en el camino a su archirrival, el también guanajuatense Club León.
Las crónicas de aquella tarde narran un encuentro trepidante. Irapuato salió al campo con ventaja de 2-1 en el partido de ida y León no dejó de atacar para empatar el marcador global y alargar el juego hasta los penales. Sin embargo, ni siquiera hubo tiempos extra: el brasileño Josías Ferreira hizo una jugada individual de ensueño y anotó a favor de Irapuato al minuto 81. A nueve minutos del final, el global quedó 3-1. La victoria era cuestión de segundos. El ascenso estaba consumado.
Las imágenes de ese partido muestran un estadio que explotó en algarabía. Un corazón rojo, el color oficial del equipo, que latía con fuerza, aprovechando que por motivos de seguridad no se permitió el acceso a la porra del Club León. Más de 25 mil personas festejaban el regreso a la gloria: el futbol televisado, las crónicas de los domingos, los grandes estadios, los trofeos brillantes que inmortalizan a los plebeyos y la posibilidad, remota pero alcanzable, de alguna vez ser campeones.
Uno de esos eufóricos era Tirso Martínez Sánchez, dueño del club, quien guardaba un secreto: no era solamente un empresario deportivo, sino un testaferro de Joaquín El Chapo Guzmán. El Cártel de Sinaloa estaba de fiesta.
El futbolista comenzó moviendo kilos de droga en Guadalajara
A principios de 2003, Tirso Martínez Sánchez era un millonario coleccionista de equipos de futbol. Había adquirido al Club Deportivo Irapuato, a los Venados de Yucatán, Mérida, y también a los Reboceros de La Piedad, Michoacán. Y tenía en la mira aumentar su influencia en el Gallos Blancos de Querétaro. Equipos en la Liga de Ascenso del futbol profesional mexicano, antes conocida como Primera División A, donde la vigilancia de las autoridades es escasa y es relativamente fácil lavar dinero, amañar partidos, crear apuestas ilegales… o usar los autobuses de los equipos para transportar droga. Esta última actividad era la predilecta de Tirso.
Porque antes de ser un emprendedor del deporte, era un narcotraficante. Nació en diciembre de 1966 en Guadalajara, Jalisco, donde siendo muy joven buscó cómo acercarse a los criminales de esa época, quienes ya sentían respeto y una torcida admiración por capos locales, como Miguel Ángel Félix Gallardo, fundador del Cártel de Guadalajara. Tirso empezó moviendo unos pocos kilos de droga por su ciudad. Luego, se extendió por Jalisco. Después, por el corredor del Pacífico mexicano que conecta a Baja California con Guerrero.
Y pronto los kilos fueron insuficientes y necesitó nuevos proveedores de drogas, así que volteó al sur y encontró en Colombia a “Los Mellizos”, los hermanos Víctor y Miguel Ángel Mejía Munera del grupo narcoparamilitar Los Nevados. Para la década de los ochenta, cualquier narcotraficante con anhelos de grandeza requería demostrar que tenía contactos más allá de México y Tirso Martínez Sánchez quería la gloria del crimen organizado. Pero los contactos en el interior del país son tan importantes como los del extranjero, así que Tirso también buscó acercarse a los capos más influyentes de su época. Se hizo compadre de Amado Carrillo Fuentes, El Señor de los Cielos, y forjó una amistad profunda con Arturo Beltrán Leyva, El Barbas. De ambos aprendió cómo pasar a la liga de traficantes que mueven toneladas.
Su forma de operar lo volvió millonario a finales de los noventa. Gracias a su habilidad con los números, consolidó una organización transnacional dedicada a la importación, distribución y transporte de drogas, recibía la cocaína proveniente de Colombia y la trasladaba, principalmente, en trenes que viajaban desde México hasta grandes estados como Texas, California y Nueva York. A veces, los trenes no bastaban y la red criminal usaba buques, camiones con remolque y vagones cisterna que pertenecían a empresas fachada.
“Se estima que, entre 2000 y 2003, la red ferroviaria de Tirso Martínez Sánchez importó, transportó y distribuyó aproximadamente 76 toneladas métricas de cocaína en Estados Unidos”, acusó el Departamento de Justicia de Estados Unidos en el año 2000, cuando el tapatío se volvió uno de sus hombres más buscados del mundo y con una recompensa que pendía sobre su cabeza de cinco millones de dólares.
Había sido descubierto con todos sus alias: Tirso Martínez Sánchez se hacía llamar José Tirso Hernández Félix y también Manuel Ochoa Martínez. Tenía varios alias criminales: El Doctor, El Mechancio, El Centenario, El Tío, pero el que mejor describiría su paso por el crimen organizado era, simplemente, El Futbolista.
El Futbolista compró equipos de futbol con dinero sucio
La historia criminal del Futbolista la conocemos porque él mismo la narró al mundo. Catorce años después de que Estados Unidos lo puso en la mira, Tirso fue detenido en León, Guanajuato, tras una silenciosa vigilancia de seis meses a su casa en la colonia La Martinica. Durmió varios meses en el penal de máxima seguridad del Altiplano, Estado de México, hasta que en 2015 fue extraditado a Estados Unidos. Y ese traslado, temible para la mayoría de los criminales, fue su salvación.
En la Unión Americana, Tirso recibió una oportunidad de oro: convertirse en testigo colaborador en el llamado Juicio del Siglo, el litigio contra su viejo amigo y socio El Chapo Guzmán. Y fue llamado a un segundo proceso: el del exsecretario de Seguridad Pública federal, Genaro García Luna. Y ahí fue cuando todos conocimos sus secretos: cómo pasó de ser un traficante desconocido a empresario del futbol y luego a delator del Cártel de Sinaloa
Tirso contó que para finales de los noventa, su empresa criminal había ganado unos setenta millones de dólares. Demasiado dinero sucio en efectivo. Un riesgo altísimo. Así que empezó a invertirlo en empresas de diferentes giros para que se perdiera el origen ilegal de su fortuna. Compró equipos de futbol, motivado por la facilidad del futbol mexicano para lavar dinero y también por el sueño frustrado de ser un jugador profesional. A pesar de ser buscado por las autoridades estadounidenses, en México logró la apariencia de un respetado hombre de negocios.
La fachada del Futbolista comenzó a desmoronarse un año después del triunfo del Club Deportivo Irapuato. En 2004, Alberto de la Torre, entonces presidente de la Federación Mexicana de Futbol, convocó a un Consejo de Dueños para hacer una auditoría sobre la solvencia económica de los empresarios de futbol y saber si podían sostener un equipo en Primera División; es decir, comprar nuevos jugadores, cubrir los salarios del cuerpo técnico, financiar la operación diaria de un estadio de primer nivel, pagar para mantener una cantera sana y más gastos millonarios. Las cuentas de Tirso no coincidían. Había faltantes, gastos sin comprobar y empresas fantasma. Las alarmas se prendieron.
Meses más tarde, en julio, el entonces subprocurador de la República José Luis Santiago Vasconcelos declaró ante medios de comunicación que sus agentes estaban investigando a tres presuntos narcotraficantes ligados al futbol mexicano. No dio nombres, alias ni equipos, pero su franqueza sacudió al futbol mexicano y obligó a Alberto de la Torre a dar una explicación escueta que dejaba más dudas que certezas: “En aras de un mejor espectáculo, y de crear una Liga Premier que merece la familia del futbol mexicano, acordamos reducir de 20 a 18 equipos para el próximo torneo”.
“La Federación Mexicana de Futbol, aparentemente descubrió quién era usted, y se ofreció a comprarle los equipos, ¿es correcto?”, le preguntó entonces el juez Brian Cogan a Tirso Martínez durante el juicio del Chapo, de acuerdo con las transcripciones del interrogatorio obtenidas por el periodista Jonathan Collado de Mediotiempo. El traficante confeso asintió.
Alberto de la Torre no entró en detalles, sino hasta años después: tras una revisión a los equipos, estaba claro que el Club Deportivo Irapuato y los Gallos Blancos de Querétaro estaban infiltrados por el crimen organizado. Millones de pesos eran blanqueados a costa de la afición. Por las cantidades sólo podía tratarse de un cártel de las drogas. Peor: no se trataba únicamente de crímenes financieros, sino que existía la sospecha de que en los maleteros de los camiones viajaba droga escondida entre uniformes y balones, dijo el subprocurador Vasconcelos. Había que sacarlos de la liga, pero sin escándalos. Se acercaba la Copa del Mundo 2006, con sede en Alemania, y era imperativo no arriesgar la calificación de la Selección Nacional.
Al futbol mexicano le tomó dos años extirpar ese tumor apodado El Futbolista: Alberto de la Torre y los demás socios ahorraron 14 millones de dólares y compraron, en 2006, los equipos de Tirso. Y una vez adquiridos, los desafiliaron del futbol mexicano. Desterrados, los aventaron como una historia vergonzosa en el deporte nacional. La afición leal a la Trinca Fresera lamentó la decisión.
Las tardes de gloria y euforia en el Estadio Sergio León Chávez de Irapuato no han vuelto desde entonces.
¿Dónde se encuentra hoy El Futbolista?
Una vez despojado de sus equipos, El Futbolista dedicó su dinero y esfuerzos a huir de la justicia mexicana y estadounidense. Eligió Guanajuato como su escondite y salía hacia la Ciudad de México para realizarse múltiples cirugías para cambiar su rostro y complexión, tal y como lo hizo su compadre El Señor de los Cielos hasta su fallecimiento en 1997 por una supuesta complicación médica. Tirso cambió la forma de sus ojos, estilizó su nariz y se quitó grasa del rostro y abdomen para parecer más joven y evitar ser reconocido. El dolor postoperatorio y el dinero fueron en vano. También la invención de nombres y alias. Fue arrestado sin oponer resistencia el 2 de febrero de 2014. El gobierno presumió su detención sin efectuar ni un solo disparo.
Luego de sus apariciones en el juicio del Chapo Guzmán y Genaro García Luna, el juez Brian Cogan recompensó su participación y lo que pudo ser una cadena perpetua se convirtió, en febrero de 2020, en una cortísima sentencia de 84 meses de cárcel, tomando en cuenta los años anteriores que estuvo privado de la libertad.
“Nunca había visto a un acusado que se expusiera a un riesgo tan extraordinario como este”, dijo el juez Cogan sobre El Futbolista, reportó CNN. La suavidad del castigo tuvo una respuesta del abogado del Chapo, Jeffrey Lichtman. “El gobierno se asegura una vez más de que un criminal maníaco y deshonesto quede en libertad y deambule por las calles entre ciudadanos inocentes y respetuosos de la ley como recompensa por haber condenado al Chapo Guzmán”, dijo el litigante.
Hoy nadie sabe con certeza dónde está El Futbolista. En algún momento de 2023 salió de prisión y ahora vive bajo libertad supervisada o en el programa de protección a testigos de Estados Unidos. Justo a tiempo para ver la Copa del Mundo 2026 desde la comodidad de su hogar.
GSC/ATJ