• ¿Sabes quién está detrás del avatar? El nuevo rostro del grooming en los videojuegos

  • En esta edición de RealidadES Milenio analizamos cómo funcionan los engaños digitales dentro de los videojuegos, por qué estos espacios se volvieron atractivos para la ciberdelincuencia y qué significa proteger a una generación que ya nació conectada

Ciudad de México /
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Durante siglos, la infancia tuvo lugares reconocibles para crecer: la calle, la escuela, el parque. Espacios donde los adultos podían mirar, intervenir y establecer límites. Pero esa geografía cambió.

Hoy, una parte importante de la vida social de millones de niños ocurre en mundos digitales donde no existen fronteras físicas, donde un desconocido puede aparecer con un avatar, un nombre falso y una historia cuidadosamente construida.

Los videojuegos dejaron de ser únicamente una forma de entretenimiento. Plataformas como Roblox, Minecraft o Fortnite funcionan como espacios híbridos: son juegos, redes sociales y lugares de encuentro al mismo tiempo.

Y ahí aparece una de las grandes contradicciones de la era digital: los niños aprendieron a habitar estos mundos mucho antes de que los adultos aprendieran a entenderlos.

El caso de Mary y Sabine, las dos hermanas localizadas en México después de ser contactadas por un adulto a través de Roblox, abrió una conversación necesaria. Pero su historia forma parte de un fenómeno más amplio: la transformación de los videojuegos en nuevos espacios de interacción donde también pueden aparecer riesgos como el grooming, el ciberacoso o la manipulación digital.

El grooming no funciona como una amenaza evidente. Su mecanismo es más complejo: utiliza la confianza, la atención y la sensación de pertenencia. El agresor no llega como un enemigo; muchas veces intenta aparecer como un amigo.

Sin embargo, reducir esta conversación a señalar a los videojuegos sería una simplificación. Estos espacios también permiten desarrollar creatividad, colaboración, pensamiento estratégico y nuevas formas de aprendizaje.

El verdadero debate no es si los niños deberían jugar. Es si entendemos las reglas del mundo digital en el que están creciendo. Porque mientras los menores construyen ciudades virtuales, forman comunidades y crean identidades detrás de una pantalla, la pregunta más importante sigue siendo la misma que fuera de internet: 

¿Quién está realmente del otro lado?


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