Una banda de chamulas portando armas de alto poder, botas de piel de cocodrilo y sombrero texano, pidiendo la protección de Jesús Malverde y embrutecidos por el whisky y la cocaína del patrón que emula a un villano de historieta: tal es la estampa en colores chillantes que La ira de los murciélagos (Random House) dispensa con enternecedora ingenuidad. Ni los mejores auxilios humanitarios pueden acallar la sensación de estar frente a una imaginación de bajo presupuesto, con personajes de medio pelo y una escritura que se mueve a trompicones por el idioma español.
Un aprendiz de escritor, tsotsil como los otros personajes, acepta el encargo de escribir el guion de una película patrocinada por el señor del narcotráfico de la región, Ponciano Pukuj, quien enfrenta a su archienemigo (seguimos los preceptos del cómic) en las elecciones por la presidencia municipal de San Juan Chamula. Como estamos en una tierra donde “no solo los blancos nos chingan, hoy el hermano murciélago también es nuestro amo”, Mikel Ruiz solo tiene cabeza para hilar desplantes de matones en la cantina, balaceras, descuartizamientos, secuestros, golpes escénicos… y vuelta a empezar (mientras tanto, ese escritor rememora sus primeros pasos en el aprendizaje del idioma español, su iniciación como lector y sus escarceos con la ficción).
A la repetición de motivos, Mikel Ruiz agrega un fastidioso objetivismo (enumeración de marcas de estufas, automóviles, perfumes, bebidas, relojes…; descripciones con pesos y medidas; habla que imita el habla que imita a los villanos de las series de politiquillos coqueteando con delincuentes). ¿Qué queda después de todo esto, es decir, de la caricatura del narcotráfico en Chiapas? Algo que ya creíamos enterrado y que ahora vuelve a caminar al lado de una tendencia nostálgica de la narrativa mexicana: los dulces confitados de la antropología social (católicos enfrentados a las iglesias evangélicas, el gobierno de los usos y costumbres, la esclavitud virtual de las mujeres, la pistola como pareja incondicional del analfabetismo).
La ira de los murciélagos obliga a lanzar la siguiente pregunta: ¿acaso la buena literatura, no aquella que se ejerce, y publicita, como si fuera irreconocible de la impostura, ya fue tipificada como un delito grave?
La ira de los murciélagos
Mikel Ruiz | Random House | México, 2026
AQ / MCB