I
El pasado 29 de septiembre de 2025 Felipe Garrido hizo llegar en la entrega 2854 de “Un poema al día” unas letras espigadas del libro Palabras que el micelio repite en mi cabeza, de Ana Corvera, editado en Guadalajara en 2024 por el sello Espina Dorsal a cargo de Gustavo Iñiguez; se imprimieron 300 ejemplares de este volumen de 55 páginas cuya corrección corrió a Cargo de Lourdes Mazorra.
Al recibir los poemas lo primero que advertí fue la coincidencia con la entrega previa debida a la poeta Nicte Toxqui, en la cual el color azul era clave. En el caso del poema “Un lugar azul puede mancharlo todo”, que abre la segunda parte del libro, el color azul, que habitualmente sugiere paz y sentimiento de serenidad, funciona de otra manera.
En la gramática de esta exploradora se da un trastocamiento radical. El terso azul candoroso se transfigura en forma inquietante en el “locus cerúleo”, en el “micelio neuronal dentro del cráneo”: “En la parte más ingenua del tallo se esconde un lugar azul que puede mancharlo todo”. “Un grupo de células índigo dispara ácido hacia las partes de mi cerebro que pudieron ser verdes”.
En la construcción de esta navegante singular, el cerebro es un jardín, una fronda ambulante, una selva que se desdobla hacia el exterior y el interior. Es el “Oscuro jardín de mi cerebro”, regido por la ansiedad y el exceso de cavilaciones que “nos aceleran el alma, nos conducen al vértigo del hambre y de la sed”. Los títulos o lemas de las composiciones arañan al lector “No tocar”, “La imagen de una herida”, “Jardines colgantes”, “Setas de laboratorio” funcionan como ventanas entreabiertas a un espacio singular donde la vida, el sueño, el amor y la muerte juegan al sentido sobre el tablero de la conciencia.
No deja de haber algo de teología hesiódica y acaso prehistórica en esta secuencia de composiciones. Se deletrea un alfabeto que es un Jardín de Plantas. En el seno de ese parque botánico fantástico se abren las puertas, ¿las heridas?, de un invernadero secreto donde prosperan las “Setas de laboratorio”.
Esta coreografía verbal me recuerda la fluidez abismal de Coral Bracho en “Los manantiales de Lucrecio”. Hay ecos armónicos con la obra de la poeta Dánivir Kent.
II
Luego de esa primera lectura fragmentaria, pude hacer una lectura completa de Palabras que el micelio repite en mi cabeza de Ana Corvera, quien me hizo llegar el libro junto con su Nocturno corazón de los insectos (2011) y No volverse agua (2022), este último editado junto con La segunda luna de la poeta ecuatoriana Yesenia Espinosa, en la colección “Dos alas” de El ángel editor, de Quito, Ecuador.
Palabras que el micelio repite en mi cabeza es un libro bonsai que se abre con un “Oscuro jardín de mi cerebro”, que funciona como una advertencia y una guia de uso para comprender “lo que pasa en nuestro cráneo cuando una idea real crea lazos con hermanas falsas: el micelio sobre una cama azul despierta y lanza humo: contrafuegos al tálamo, hipotálamo e hipocampo” (p. 9).
III
La portada de Palabras que el micelio repite en mi cabeza presenta el dibujo de una corteza cerebral, acompañado de unas líneas en letra pequeña que advierten “El cielo no quiere especialmente a nadie”, luego aparece el lema “Oscuro jardín de mi cerebro”, que ampara los cuatro párrafos en prosa que enuncian la hermandad entre el cráneo, las setas, el micelio, los filamentos cilíndricos que forman el cuerpo de los hongos… esta alianza o pacto entre el reino vegetal de las esporas y el diseño del jardín preservado en el seno de la corteza cerebral funciona como un hilo de Ariadna para adentrarse por el laberinto inscrito en la intimidad oscura de la sangre y de la herencia.
La niña abrigada por el Nocturno corazón de los insectos, título de su libro anterior, habitante de un reino encantado —el jardín familiar— desde donde “el árbol un silencio grita que la belleza no era necesaria”, explaya que “las esporas crecieron por el jardín de mi cerebro”.
El nombre de esta práctica espiritual podría ser el de la “micomancia”, el arte de “abrazarse al árbol de la belleza”, a partir del despertar de las esporas a la altura del vientre de la poeta dispuesta a hacer su “Autorretrato en cualquier sitio”, como las setas que crecen “en cualquier sitio” (pp. 10-11).
Un saber muy antiguo se encauza por esta meteorología espiritual dispuesta a no perder de vista cómo “las esporas crecieron por el jardín de mi cerebro”. Esta adhesión no solo al jardín, al árbol y sus ramas, sino al elemento diminuto de la “espora” funciona como una entrada al reino de la transparencia: “Quise que me nombraran con sus tres sílabas: espora / para volverme transparente”.
Armada por una prístina “poética del espacio”, la voz poética será capaz de alzar un “Recordatorio” para comprender, desde adentro el gesto asesino de Caín: “No morirás, te pondré una señal. Vestirás ahora como el anhelo de los buitres”. La señal en cuestión coincide con el tatuaje y con la invención del lenguaje (p. 14).
Estos peldaños se resuelven en diversos “Ejercicios de flexibilidad” practicados “por la frágil heredera dispuesta a adaptarse” a la simetría que “deseaban los ojos de mi madre” (p. 15). En ese espacio se despliega “Con la luz apagada” “Un cielo negro” que encubre una llaga: “Esporas que se comunican con los muertos: a los ancestros de mi padre / les llamaron descendientes de Caín”.
Poco a poco al lector se le revela que la niña fue educada por la conciencia del duelo: “A los cinco años yo acepté la dualidad del cielo... La ausencia de mi padre me hizo escabullirme por las grietas del cráneo pensando que moriría protegida del sol” (p. 17). Esa ausencia está asociada a “La marca de Caín” que impone un tablero que divide en espacios “blancos y negros” “los episodios de mi vida” (p. 18).
El motivo de la maldición heredada hace pensar en una teología caprichosa: “Imagino a Dios jugando con un barro oscuro”, “Me aferro a la imagen de un dios malinterpretado” y a pesar de ello “La belleza es como una espora de tres sílabas que cultivo en mi cabeza y empieza a expandirse por los rincones de esta casa” (p. 20).
IV
El filamento de la infancia recorre las páginas de esta arqueología lírica del yo poético y de sus silencios. Infancia significa la edad anterior a la reinvención de la conciencia por la letra y el número. En ese intersticio prosperan hongos y micelios. El bosque fósil fue en algún momento “Flujo sanguíneo que conecta axones y dendritas” (p. 25). Al igual que los hongos, “La cabeza de los niños aprehende traiciones y rechazos que se ejercen inconscientemente” (p. 25), “Un grupo de células azules dispara ácido hacia las partes del jardín de mi cerebro que pudieron ser verdes”. Entre la concreción mineral y los finos nervios celulares, el espacio se transfigura y el tiempo se suspende. La palabra advierte su fragilidad y la proximidad de la muerte, “Infarto al miocardio como el que tuvo mi abuelo” (p. 26).
V
El silencio de los adultos acerca de la existencia de los hongos coincide con el distanciamiento de los padres de la autora y con el hecho de que “la abuela empezó a olvidarse de nosotros”, para no hablar del enigma que representaba “el color de la sangre de las lombrices”.
A los cinco años, la niña que fue la autora es alcanzada por “la duda, indómito micelio” y “El golpe fue en medio de la frente”. Se da una correspondencia entre herida, duelo, y descuido, “el micelio creció en la parte abandonada del jardín de mi abuela”. El sistema de vasos comunicantes entre el afuera y el adentro alcanza a “una niña sin sílabas para gritar aquello que se esconde adentro / afuera del jardín” (p. 28).
El jardín es un ámbito de serenidad “Sin fotosíntesis no hay belleza”. Entre el jardín y el patio prosperan (“micelio”) y crecen y cuelgan (“como en Babilonia”) flores, “simbolismo de la calma'” (p. 29).
La niña visita a un médico y micólogo que una noche le habló “sobre jardines donde los nombres de la infancia se traducen en dígitos”. Le hizo saber que “Dentro del cerebro a los cinco años pueden confeccionarse jardines más oscuros” (p. 30).
VII
La serie de estampas con que se inicia la serie “Incrédulos filamentos de verde” pone sobre la mesa los arcanos de una autobiografía marcada por el dolor precoz bajo la mirada de un médico pediatra que rige “las descargas eléctricas [que] son como sílabas que se transfieren entre las hifas (filamentos cilíndricos que forman el cuerpo de los hongos) de mi cerebro y pasan inadvertidas para el médico pediatra” (p. 33). Estas líneas sugieren hasta qué punto la niña que vive dentro de la poeta se identifica con el reino de los hongos. Esa identificación es la clave de esta arca en que lo autobiográfico y lo poético, lo legendario y aun lo político conviven, como “filamentos incrédulos del verde” en el espacio donde “millones de hongos sustentan la casa” (p. 35). La niña esquiva y temerosa se refugia en ese espacio que le dará un lenguaje, y un espacio al silencio y a la “voz de su micelio”, para superar “la ansiedad patológica”.
La lección de estas páginas iniciáticas es que dentro del cráneo se abren grutas y capas geológicas, en las que se cifra la historia personal y la prosodia, de un niño de cinco años en cuya visión la prehistoria acecha. Testimonio, “sobreviviente”, de un pasado remoto y a la vez presente, las letras de estos poemas recrean los momentos en que la niña recuerda cómo “Aprendí a caminar” al mismo tiempo que se inicia en la tragedia del incendio y la vergüenza de los adultos. “Mi padre sobrevivió a su infancia, pero sus heridas no pueden cerrarse” (p. 44), pero “El padre de mi padre no era igual a mi padre” (p. 52).
“Adelante” es el último poema de este viaje hacia el reino encantado y desgarrado de una infancia en la que pulsa el reino de los hongos y los micelios. Aunque “Nadie sabe lo que ocurre en medio de mi cráneo ni cómo una mancha azul devoró gran parte de mi vida” (p. 54), la voz poética encontró que “hay maneras de dirigir el agua mala, cerrar las cicatrices”. Una de esas formas está en mirar, desde el logos y el silencio “hacia adelante”.
AQ / MCB