No es tiempo de abandonar a las naciones pobres

Con las potencias distraídas por crisis y rivalidades, el resto del mundo cae por las grietas de la red de seguridad global

En Karachi, la ciudad más poblada de Pakistán, hay un proyecto de plantación de nim y vegetales. Akhtar Soomro/Reuters
Murtaza Syed
Pakistán /

El mundo se tambalea por una confluencia de conmociones históricas. Con los países ricos distraídos por cuestiones internas y rivalidades geopolíticas, las economías en desarrollo corren el riesgo de ser abandonadas a su suerte. El orden internacional puede no ser capaz de sobrevivir a este abandono.

A medida que las crisis se acumulan, 41 países corren el riesgo de sufrir problemas de deuda. Se trata del entorno político más complejo de nuestra vida y de un momento trascendental para la comunidad internacional.

En circunstancias normales, estos titulares de las principales instituciones comerciales y financieras del mundo sonarían como una señal de alarma para salvar al mundo en desarrollo, pero no estamos en tiempos normales y las proclamas suenan vacías.

Con la atención de los países ricos desviada por la invasión de Rusia a Ucrania y el espectro de una prolongada estanflación en casa, el resto del mundo se cae a través de las grietas de la red de seguridad global que se erigió con tanto esfuerzo después de la Segunda Guerra Mundial.

En particular, el mundo no le presta tanta atención a los problemas relacionados con la deuda y las salidas de capital a los que se enfrentan los países de Asia, América Latina y África como lo hizo con los retos similares para naciones europeas hace una década. Los organismos donantes multilaterales y bilaterales se muestran distantes, dejando a muchos países en el abandono. Es alucinante que el austero equilibrio entre financiamiento y ajuste de los programas tradicionales del Fondo Monetario Internacional, suspendido en el caso de Europa y Argentina, permanezca en boga. Más aún cuando la histórica inflación de los alimentos y los combustibles amenaza con desgarrar a las sociedades pobres.

A pesar de toda la retórica sobre la protección social y los tratamientos de la deuda, las herramientas que se utilizan para evaluar los problemas de los países en desarrollo y las opciones políticas que les presentan los guardianes del sistema mundial aún son rígidas y anticuadas. Y, tal vez lo más perjudicial, los accionistas tradicionales de los principales organismos multilaterales parecen muy incómodos a la hora de comprometerse con un nuevo mundo en el que China surgió como gran inversionista y acreedor.

Esto es trágico, ya que la grave tensión a la que se enfrentan hoy las economías en desarrollo es en gran medida un reflejo de dos fuerzas que escapan a su control. Primero, las grandes conmociones simultáneas en forma de una incierta salida del covid, el superciclo de las materias primas y el histórico endurecimiento de la Reserva Federal de Estados Unidos. Y segundo, una excesiva dependencia de los mercados de deuda, en contraposición a los flujos de acciones, propagada por el actual sistema financiero mundial, que deja a los países vulnerables a los cambios de confianza, al ciclo mundial de las tasas de interés y al fortalecimiento del dólar que experimentamos actualmente.

Este es el momento en el que las instituciones que constituyen el centro de la red de seguridad mundial deben ofrecer soluciones innovadoras, pero no lo hacen, y las consecuencias pueden ser profundas. En un momento en el que la globalización ya está en retroceso, obligar a los países pobres a elegir a quién acudir para recibir ayuda puede dejar cicatrices duraderas. Los países pobres no olvidarán con facilidad cómo les falló un sistema que buscaba aumentar su nivel de vida y protegerlos en caso de emergencia.

Como resultado, el mundo puede fragmentarse en bloques rivales, lo que será muy perjudicial para el bienestar y la seguridad mundial a largo plazo. Además, nos dejará sin esperanzas de abordar el cambio climático, la amenaza más grave a la que se ha enfrentado la humanidad, que exige unirse, no separarse.

Todavía estamos a tiempo de evitar el peligro de andar a la deriva, pero no se puede hacer sin modernizar el orden mundial. Aunque éste contribuyó a unir al mundo en últimos 80 años, sus resultados han sido desiguales en cuanto a apoyar la convergencia económica, librar al mundo de la pobreza, prevenir las crisis de la deuda y promover los intereses de los ciudadanos frente a los de las multinacionales. Este historial debe mejorar.

Después de la Segunda Guerra Mundial, los líderes se unieron para rehacer el mundo y rehabilitar países que habían luchado en bandos opuestos. Hoy se necesita un espíritu similar, animado por cuatro nuevas prioridades clave: un sistema comercial y financiero más favorable al desarrollo, una red de seguridad moderna que no obligue a un endurecimiento procíclico y proteja a las personas vulnerables, garantizar una difusión equitativa de la tecnología y apoyar las energías limpias.

Esta remodelación debe ser fácil de organizar porque el mundo aún es relativamente pacífico. Que se produzca es una incógnita, pero lo que está en juego para la economía nunca fue tan importante.


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