Por Mariana Castro Azpíroz
Ilustración: Patricio Betteo, cortesía de Nexos
El primer intento por musicalizar el ADN lo hizo una pareja conformada por el genetista Susumu Ohno y la cantante lírica Midori Aoyama, en 1986. Susumu había notado que en el código genético hay muchas repeticiones y esto le recordó a los arreglos musicales. Así, decidió trabajar en conjunto con su esposa para publicar un artículo sobre las transformaciones musicales que nos permitirían “escuchar” el ADN. Su propuesta consiste en asignar dos notas musicales consecutivas a cada una de las 4 bases nitrogenadas. A las más pesadas (A y G) les corresponden notas más graves y, a las más ligeras (T y G), notas más altas. Sin embargo, más que música, esto produce sonidos que no necesariamente son armónicos, así que les agregaron melodías de música clásica con diferente ritmo, tiempo y clave y posteriormente escogieron las que les sonaron mejor. Así, presentaron partituras para fragmentos de algunos genes, que son las instrucciones del ADN. Después de esta propuesta inicial, se ha explorado una infinidad de combinaciones para hacer música a partir del ADN. En lugar de asignar un sonido distinto a cada una de las bases, se han hecho arreglos agrupando bases en parejas o tercias. También se ha intentado hacer equivalencias con los aminoácidos.