1. La glosolalia es un fenómeno aberrante comúnmente asociado a cuestiones místicas y en el cual una persona o grupo de personas irrumpen de manera espontánea en la expresión verbal de palabras y frases en idiomas extraños. Algunos lo conocen como “don de lenguas” y mientras la psicología ubica al fenómeno dentro de un contexto netamente patológico, hay quienes escuchan mensajes de la antigüedad permearse a través de lenguas y dialectos arcaicos. Otros suponen que las comunicaciones emitidas por estos individuos grandilocuentes representan revelaciones religiosas que ratifican posturas morales o apocalípticas. Para mí, el que tiene el supuesto “don de lenguas” no es más que un verborreico atarantado y requiere de afecto y medicamento inmediatos.
2
Los políticos, para obtener el puesto público, tienen que vender su imagen, ideas, promesas y posturas, y para hacerlo de manera efectiva, deben hablar mucho: blah blah blah. A boca de jarro pegan de gritos, denunciando lo malo que son sus contrincantes y lo honesto y dignos que son ellos. Así se la pasan toda la campaña, y cuando finalmente alcanzan el cargo, hacen algo extraño: callan. Hablan sólo lo necesario, y al ser atacados, evaden la pregunta con idéntica medicina; desvían la atención por conducto del lenguaje razonado, es decir, dosificado, según los requerimientos de la circunstancia. Otorgan respuestas vagas y en veces esquizoides. Así, los políticos nos contestan con respuestas francamente ininteligibles. Y por alguna razón, que por más que lo intento no logro desvelar, terminan convenciendo a la gente. Sacerdotes y pastores (especialmente estos últimos) hacen lo mismo, con el mismo tono, pero con un contenido que prácticamente es el mismo, pero con otro disfraz. Ah, y los motivadores y gurús de la autoayuda y superación y los “coaches de vida” no se quedan atrás.
3
Mi experiencia me indica que las personas que presumen una cualidad o virtud (“soy muy honesto”, “estoy hecho de una sola pieza”, “yo nunca te voy a quedar mal”), las que insisten demasiado en algo y que expresan ciclos perpetuos de autocondescendencia o victimización suenan sospechosamente falsas y suelen ser charlatanes, farsantes, alucinados o gente frustrada que intenta convencer a otros —y convencerse a sí mismos— de poseer algo que deseaban y ansiaban y que nunca lograron obtener o ser. De ahí la persistencia en una actitud de reivindicación para autovalidarse u obtener aprobación social. Mentirosos enfermos.
4
En el mercado popular hay un puestito de tacos de cabeza de res. Ahí voy cada tanto a comerme unos tacos de lengua, mis favoritos. El taquero pone un trozo de lengua sobre la tabla, lo pica, saca cinco tortillas y arma los tacos. Ya servidos, y después de darle un trago al refresco, me acerco el cilantro y cebolla frescos, salsa roja y limones y doy la primera y más grandiosa mordida. Silencioso y con los ojos cerrados, el taquero desliza el cuchillo por la chaira en un vaivén tráncico que hace titilar la atmósfera en oleadas agudas y penetrantes. Mientras como, hay barullo a mi alrededor; imposible discernir lo que está diciendo la gente. Se oyen como locos balbuceando tonterías sin sentido. Estoy por terminarme el último taco y la cabeza de vaca reposa dentro de una olla; tasajeada y callada, me observa. No cabe duda, los mejores tacos de lengua se gozan en silencio y masticando con la boca cerrada.
Epílogo
A veces, lo trascendente, lo profundo y lo visionario llega en silencio, en una sensación, una intuición que deviene en una epifanía que ocurre de manera repentina, espontánea y potente. Rara vez se escucha. El lenguaje se transforma en ruido y deja de comunicar y de tener un sentido, un significado, y se muestra como una morusa de confusión y engaño. Hablamos hasta por los codos: no sabemos estarnos ni quietos ni callados.
La virtud más importante del lenguaje son sus silencios, tanto porque en ellos se guarda una verdad latente como porque, a veces, lo mejor es cerrar la boca.