El lenguaje de la tribu

Ciudad de México /

Dice Jean Meyer que Luis González y González (San José de Gracia, Michoacán 1925-2003) abraza la historia en sus tres funciones: la nostálgica (conserva el recuerdo de lo que hicieron nuestros antepasados), la pragmática (adquiere conciencia de ciertas cosas que sucedieron para evitar regresar a ellas) y la psicoanalítica (toma en cuenta el pasado para liberarse de él). Estos podrían ser los tres ejes esenciales en la obra del fundador de la microhistoria en México. Meyer formuló esta reflexión en un artículo que se dio a conocer en la revista Vuelta (julio, 1996).

'Las consejas de un historiador. Antología'. Luis González y González. Prólogo, selección y notas de Javier Garciadiego. UNAM. México, 2026.


¿Cómo surgió la idea de la microhistoria que el ensayista plasmó en Pueblo en vilo (1968)? Entre 1966 y 1967, Luis González pasó un año sabático en San José de Gracia, Michoacán, sitio que considera su terruño, pues ahí vivían sus padres “viejos y achacosos”. “De vuelta a mi pueblo, me sentí atraído por la idea de investigar y escribir su historia. Le entregué muchas horas a un trabajo no pedido. Quise divertirme, con la aplicación de un arte hecho para resucitar reyes, santos, filósofos y artistas de primer orden; para referir acontecimientos grandiosos y descomunales; para evocar el camino recorrido por los grandes el mundo, a difuntos del común, a sucesos de la vida cotidiana, al pasado de la gente de estatura normal. […] Me emocioné con la labor de resucitar la parentela. Por otra parte, quería volver a la vida ranchera sin necesidad de practicarla, sólo para escribir su historia y entender lo que fui”, refiere el historiador.

Como resultado de ese regreso a sus orígenes, siendo investigador y docente de El Colegio de México, hizo un libro que fue sometido a varias lecturas de expertos. Así comenzó la polémica, pues se trataba de un trabajo que no seguía con las normas convencionales de la academia; además era dueño de una prosa que fluía y alcanzaba altos vueltos narrativos. Sabía escribir, no se conformaba con sólo documentar o citar referencias ante tal o cual momento del pasado, sino que hacía que la memoria colectiva fuera parte de su estudio, que la historia se sintiera más viva, auténtica y cercana.

Los estudiosos de El Colegio de México no tomaron en serio el trabajo expuesto por Luis González y González, porque “ningún académico debía permitirse perder todo un año de su vida haciendo la historia de un pueblo sin historia. Los minúsculos acaeceres de una aldea de gente menuda estaban muy lejos de ser memorables”. Cuenta Meyer que fue testigo de la “condena casi unánime que recibió el texto: se le tildaba de mal documentado, mal pensado, mal escrito (“coloquial”)”. Sin embargo, tres personajes ajenos al gremio de los historiadores defendieron lo que leyeron sobre San José de Gracia. Ellos eran el doctor José Gaos (filósofo), Daniel Cosío Villegas (economista y politólogo) y Antonio Alatorre (filólogo). “Mejores padrinos no se podían”, señala Meyer.

Precisamente, Meyer fue testigo de cómo estos tres escuderos defendieron un proyecto que veían a todas luces viable e innovador. Por aquellos años, los académicos anquilosados denostaban lo coloquial, como si se tratara de una traición a los principios básicos de los historiadores. Cabe recordar que Pueblo en vilo se publicó en una época en que la historia mexicana se ocupaba de grandes figuras nacionales y no se acostumbraba incluir crónicas de las comunidades y sus habitantes. José Gaos señaló que era “un libro innovador hecho a ciencia y conciencia”; por su parte, Antonio Alatorre “defendió su lenguaje hablado”; y Daniel Cosío Villegas aseguró que iba a recomendar su publicación.

De este último, siendo maestro de González y González en un seminario, siguió el consejo de que se alejara del “estilo pomposo y dominguero”, y le recomendó que empleara el “lenguaje de la tribu”. En esta idea coincide con lo que Antonio Alatorre refiere en el prólogo a Los 1001 años de la lengua española: “Escribo para la gente. El lector que ha estado en mi imaginación es el ‘lector general’, el no especializado”. A ese tipo de lector no académico se dirige Luis González y González, quien se dio cuenta de la necesidad de que los libros de profesores universitarios deben salir del circuito académico y sumar otros lectores.

En la vida y obra de Luis González y González los asuntos medulares se daban por triadas: los tres aspectos que resalta al estudiar la historia, los tres tutores que entendieron y apreciaron la microhistoria y sus tres libros emblemáticos: el ya mencionado Pueblo en vilo (1968), su obra pionera en materia de microhistoria mexicana; la Invitación a la microhistoria (1973), manifiesto metodológico que defiende el estudio de lo local y lo cotidiano; y El oficio de historiar (1984), ensayos sobre la práctica del historiador y su reflexión metodológica.

Hay una anécdota sobre aquel año sabático. En el regreso de San José de Gracia, hubo una confusión entre las pertenencias de los pasajeros. Por un equívoco el historiador se llevó una caja con limones y otro señor la recopilación de material para la realización de Pueblo en vilo. Por fortuna el investigador logró recuperar su trabajo y los limones volvieron a su dueño.

Esta selección de ensayos, editada por la UNAM con motivo del centenario del autor, ofrece un acercamiento al arte de la microhistoria. “Luis González escribe ligero, con gran ritmo y con un vocabulario similar al que usa la gente ‘en la calle’, aunque más bien usa el lenguaje del hombre ‘de a caballo’, el de los rancheros del occidente de México. No son pocos los críticos que asocian el estilo de don Luis al de Agustín Yáñez, Juan Rulfo y Juan José Arreola”, reconoce en el prólogo Javier Garciadiego.

De nueva cuenta, una trilogía marca el camino que sigue el historiador: Álvaro Matute, Adolfo Castañón y Fernando del Paso advierten la influencia de tres narradores jaliscienses en Luis González y González. Eso lo recuerda Garciadiego, quien además observa que una de las grandes aportaciones del historiador es que nunca escribe desde una perspectiva partidista y eso, sin duda, le otorga más valor.


  • Mary Carmen Ambriz
  • mcambriz@hotmail.com
  • Ensayista, crítica literaria y docente. Fue editora de la sección Cultura en la revista Cambio.
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