La palabra “laico” deriva del latín “laicus”, que a su vez proviene del griego “laikós” que significa “relativo al pueblo”. En el mundo cristiano se distinguía a los clérigos de los laicos porque los primeros habían recibido la ordenación sagrada y los segundos no, es decir, los segundos formaban parte “del pueblo”. Más tarde el término adquirió una connotación política indicando la relevancia de los laicos en lo que toca al poder temporal. La cosa fue llevada a sus extremos y se pasó a proponer el laicismo no como la propuesta de reconocer la peculiaridad de los laicos en la sociedad y desterrar el clericalismo (que exageraba el papel de los clérigos), sino como la de combatir contra la religión y, particularmente, contra la Iglesia.
Hoy suele hablarse del Estado laico y se entiende por ello un Estado no confesional, es decir, uno que no profesa oficialmente una religión determinada. Esta opción se ha extendido y es la que prevalece en el ámbito de los países de cultura cristiana occidental, aunque varios siguen siendo confesionales, como Inglaterra, Dinamarca, Mónaco y otros…
El Estado laico debe ser respetuoso de los derechos de libertad de conciencia, de libertad religiosa y de libertad de culto. En el caso del Estado laico, el principio de laicidad exige el respeto de cualquier confesión religiosa, y ha de asegurar, como decía san Juan Pablo II, “el libre ejercicio de las actividades del culto, espirituales, culturales y caritativas de las comunidades de creyentes. En una sociedad pluralista, la laicidad es un lugar de comunicación entre las diversas tradiciones espirituales y la Nación”.
En nuestro país la tradición espiritual católica es la más extendida, pero existen ciertamente otras, como las de otras denominaciones cristianas, judías y demás. Existe también unas tradiciones en parte asumidas en el catolicismo, en parte no, que constituyen una herencia prehispánica importante.
El diálogo de estas tradiciones con la nación, especialmente con las instancias de autoridad y gobierno, puede dar lugar a muchas aportaciones y a una fructuosa colaboración en muy amplios sectores. Un campo en el que fácilmente se constata esta potencialidad es el asistencial, pero éste no agota las posibilidades. En la cultura y educación, en la superación de la pobreza, en el campo de la salud, así como en tantos otros, se abre un abanico muy grande de oportunidades de colaboración. El principio de laicidad no crea conflictos y persecuciones, sino que abre caminos de cooperación.
Principio de laicidad
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