Tras la lectura de Con todas mis letras (Hachette), finalista del Premio Primera Novela Amazon 2025, vuelvo a preguntar qué pasa con muchos de los nuevos huéspedes —ya son legión— de la narrativa mexicana. Como Bárbara Colio, no saben de tensión dramática, pero necesitan exponer los secretos del corazón, creen que una novela está hecha de cuadros que representan la enfadosa cotidianidad y, por encima de todo, apenas pueden articular una frase con la respiración —el punto, la coma— correcta. El mundo está lleno de escándalos, pero por qué dejarle el paso franco a la chabacanería.
Bárbara Colio —también dramaturga y directora de teatro y guionista— presenta a una narradora, Elena, profesora de matemáticas, treinta años, soltera, que lleva a cuestas un trauma irremediable: quince años atrás, su madre dejó la casa en orden, abrió la puerta y tomó un rumbo desconocido. Así que solo ha quedado el padre y su mitomanía y sus historias de incendios y niños milagreros y orígenes turbios. Y ahí vamos, tropezando con frases del estilo “Le he estado marcando toda la mañana a mi papá y no me contesta, ya ni la amuela”, siguiendo a Elena mientras se entretiene pelando una mandarina o preparando un café o bajo la regadera o comprando un boleto de autobús —esas naderías abundantes y prescindibles— hasta dar con el gusano que habita sus pesadillas: el padre podría ser un asesino serial que se ha deshecho de su esposa. No hay lector malicioso —no los asiduos a culebrones o a confesiones con capuchino— que se crea las telarañas que tiende la narradora —la leyenda del Niño de la Flor, el infame Ed Gein, El silencio de los inocentes— porque no se puede creer en quien solo tiene tiempo para lloriquear y rasgarse las vestiduras.
El verdadero arte es engañoso, sembrado de trampas. Con todas mis letras opera en sentido contrario. Es incapaz de hacer verosímiles las dudas que atormentan a su protagonista. Como quiere la paz inane del melodrama, resuelve seguir aquella fórmula que tanto hizo prosperar al viejo cine mexicano: debemos poner en un altar a esos hombres, comunes y corrientes, incapaces de matar a una mosca, que fueron abandonados por una mala mujer.
AQ / MCB