Matos Moctezuma: “Cortés en Tenochtitlan, entre la admiración y el deseo de triunfar”

En portada

El arqueólogo expone una visión de la Conquista que echa por tierra mitos y errores que siguen sosteniendo a la historia oficial.

Eduardo Matos Moctezuma, arqueólogo y antropólogo mexicano. (Foto: René Soto | MILENIO)

Guadalupe Alonso Coratella

Por su permanencia como por las investigaciones que ha generado, en la historia de la arqueología mexicana no se ha dado un proyecto similar al del Templo Mayor. Desde el hallazgo de Coyolxauhqui, hace 43 años, se cuentan más de mil 250 trabajos entre reseñas, guías, tesis, catálogos y libros publicados. Así lo afirma Eduardo Matos Moctezuma, quien ha encabezado una investigación centrada en tres ejes: el Templo Mayor, la historia de la arqueología y la muerte de los mexicas. Quien fundara el Museo del Templo Mayor en 1987 no está seguro de tener algún parentesco con Moctezuma, el tlatoani. “No lo sé. El apellido no es común, somos pocos quienes lo llevamos. Los españoles lo convirtieron en un título nobiliario y se conserva bajo ese tenor. Aunque eso de que estaba predestinado al Templo Mayor por llevar el nombre, como lo creía el escritor Gustavo Sainz, jamás lo he pensado”.

En los últimos meses, el miembro de El Colegio Nacional ha encabezado diversas iniciativas dirigidas a revisar la historia de la Conquista a 500 años de la caída de Tenochtitlan y Tlatelolco, sobre todo en relación con ciertos datos que persisten aun siendo incorrectos. “No es cierto que Hernán Cortés quemó las naves. Las encalló, las envaró, y después utilizó ese utillaje para hacer los bergantines en Tlaxcala y Texcoco. También es muy socorrido escuchar el término malinchismo, que proviene de la Malinche, a quien se le ha tratado como traidora al igual que a los tlaxcaltecas. No fue así. Marina era una mujer inteligente y preparada, hablaba varias lenguas: el maya, el náhuatl, quizá el totonaca. Estaba entre las veinte mujeres que le regalaron a Cortés después de la batalla de Centla. Lo que hizo fue defender a su pueblo, igual que los tlaxcaltecas, que estaban bajo la amenaza de las huestes mexicas. El imperio mexica les imponía un tributo muy severo a otros pueblos indígenas: cargas de maíz y frijol, caracoles, pieles de jaguar. Había mucho rencor contra el imperio mexica y ese rencor encuentra salida cuando llega Cortés, quien les promete que ya no seguirán pagando tributos. Por otro lado, está la idea de que cuando llegan los españoles a Veracruz se cree que eran dioses. En caso de que así hubiera sido, pronto dejaron de creerlo. Moctezuma usa dos estrategias para alejar a los españoles. Estando Cortés en Veracruz, envía magos para que se alejen, pero también obsequios: plata, oro, plumas. Eso se repite a medida que Cortés avanza. Moctezuma envía varias embajadas a Tlaxcala, acompañadas de obsequios, pero la condición es que no sigan avanzando hacia Tenochtitlan. Los españoles llegan a Cholula, ocurre la matanza, y Moctezuma, viendo que no consigue disuadir a los españoles, cambia la estrategia y trata de hacerlo por la vía militar. No le resulta, porque los españoles son avisados por la Malinche y por Gerónimo de Aguilar sobre los peligros que les pone Moctezuma. Son varios aspectos, hay otros más que habría que analizar”.

En el caso de la Conquista, la historia oficial responde a una conveniencia ideológica. En este sentido, aún prevalece la versión que surge en el siglo XIX, con sus mitos y distorsiones. Para Matos Moctezuma, “la historia en muchos países está llena de aspectos dudosos. Aunque hay discusión en cuanto a ciertos pasajes de la llamada Conquista e incluso después, en el México independiente hay también aspectos a discutir. Se debe estudiar a fondo la información que nos proporcionan la arqueología y las fuentes históricas, que a veces se contradicen entre ellas, pero es lo que va a desbrozar el camino para llegar a algo más firme. Lo que no se vale es que se inventen cosas sin ninguna base porque en el siglo XIX se realzan personajes y se ataca a otros”.

—Hablamos de una civilización con un gran imaginario, una cosmovisión fascinante que se recoge en su simbología, en los mitos, en el arte. ¿Qué nos revela esto?

El estudio de los mitos antiguos nos abre puertas insospechadas para entrar en su pensamiento. Tenían su propia visión del universo, de cómo estaba construido, del lugar que ocupaban los dioses, los hombres, los animales. Es una llave muy importante para conocer a estos pueblos porque permite ver cuál era el pensamiento mítico, como ocurre en muchos pueblos, por ejemplo, la fundación de Roma. Hemos oído que Rómulo y Remo fueron amamantados por una loba, y sabemos que eso no es cierto, pero el mito gana presencia y está allí. Igual que aquí con el águila parada en el nopal. No menciono a la serpiente porque hay varias versiones. A mi juicio, es un símbolo que surgió después de que Tenochtitlan se libera de Azcapotzalco. Ixcóatl, el tlatoani, no quiere que la historia los haga ver como un pueblo sometido a Azcapotzalco sino como un pueblo que cuenta con el dios Huitzilopochtli. El águila parada en el nopal es Huitzilopochtli, el Sol, y de este modo tratan de hacer algo más glorioso: llegan al lugar que les indicó su dios, no a un islote al que los mandaron los señores de Azcapotzalco.

Reprografía de la acuarela de Ignacio Marquina del Templo Mayor de Tenochtitlan. (Mediateca INAH)

—¿Qué lugar ocupó Tenochtitlan en el escenario de Mesoamérica? ¿Qué alcances tuvo como civilización?

Mil quinientos años antes ya había aquí sociedades como los olmecas, que habían alcanzado un nivel de civilización. Hubo cantidad de sociedades, cada una con su lengua, con sus características arquitectónicas, con su manera de vida, que conformaban Mesoamérica. Ahí tenemos los sitios de la zona maya o a los teotihuacanos con una ciudad impresionante, planificada de manera asombrosa. Fue la ciudad más grande y eso ocurrió mucho antes de que existiera Tenochtitlan. Hay un fenómeno muy interesante: cómo, en diferentes medios ambientes, el hombre mesoamericano y también en otras partes del mundo ha podido controlar la adversidad. Tenemos al maya en la parte selvática o en toda esa península que tiene otras características. Tenemos al mexica en un medio lacustre como Tenochtitlan, que igualmente podrá dominar. En Oaxaca, Monte Albán, entre grandes montañas. Paquimé en el norte, en Chihuahua, una zona desértica. Y también en Egipto, en Mesopotamia, en China. Son las grandes civilizaciones de la humanidad que en cierto momento van a tener grandes avances, escritura, una arquitectura monumental, planificaciones, estratos sociales. Eran sociedades muy complejas. En el caso de Tenochtitlan, es de las últimas ciudades que se fundan. Tlatelolco es la última, en el año 1337 de nuestra era. En esos 3000 años anteriores a la Conquista, el territorio mesoamericano está plasmado de grandes civilizaciones, de grupos diversos que crean verdaderas ciudades y dominan su medio ambiente.

—¿Con qué se encontró Cortés cuando entró a Tenochtitlan?

Hay dos etapas. Primero, cuando lo aposentan en el palacio de Axayácatl, sale a visitar la ciudad acompañado de Moctezuma y otros señores. Luego viene la famosa Noche Triste, cuando la retaguardia de Cortés, con indígenas aliados, guerreros españoles, caballos, armas, se pierde en aquella batalla. Desde esta perspectiva, Cortés tiene una visión de la ciudad —él mismo lo resalta, igual que Bernal Díaz del Castillo en sus escritos—, del mercado de Tlatelolco, que le impacta mucho. La segunda etapa es la militar, cuando ya tiene una estrategia para controlar las entradas por las calzadas, controlar el agua con los bergantines, y concluye en Tlatelolco, el último reducto de la defensa indígena. Se mueve entre la admiración y el deseo de triunfar, de ganar prebendas ante la Corona, de salvar almas. Finalmente, el 13 de agosto de 1521 logra someter al pueblo mexica.

—¿Cortés venía con un interés de conquista? Hay posturas que aseveran que venía a hacer el mestizaje.

Creo que esa posición es de una inocencia inaudita porque tenemos antecedentes en los dos primeros viajes de los españoles, antes de Cortés: ya se entablan guerras contra los naturales. Por eso Cortés se apertrechó bien en sus naves, para traer armas y todo lo necesario. Si no, hubiera traído flores para repartir, lo que no era su intención. Nada de que el mestizaje. Es una posición muy idealizada, además de totalmente irreal. Venía con fuerzas porque traía la consigna de encontrar oro, tierras nuevas para la Corona y, por lo tanto, ganar prebendas. Del aspecto religioso se iban a encargar los frailes. Las posiciones idílicas no se ven por ningún lado.

Rendición a Cortés y la Malinche durante la caída de Tenochtitlán. (Mediateca INAH)

—En el caso de Moctezuma, ¿qué lo caracteriza?

De acuerdo con la documentación, era un hombre que estaba muy preocupado por su imperio. Al saber que llega gente extraña a las costas, usa dos estrategias para alejar ese peligro. Por un lado, se nos pinta a una persona apesadumbrada y eso también permea en su pueblo. Años atrás hubo pronósticos que vaticinaban una desgracia para el imperio. No era fácil su situación como gobernante. Sin embargo, trata de aprestar guerreros para que ataquen a los españoles. No lo logra porque Cortés, gracias a la información que recibe, se entera de lo que está preparando su enemigo y lo evade. Creo que Moctezuma es un hombre con una carga muy fuerte, que ve cómo se rebelan los que antes estaban sujetos a él. Hay que tomar en consideración todo eso. En un momento, Cortés lo hace prisionero en el Palacio de Axayácatl, donde habitan los españoles, y, finalmente, el mexica mismo lo destituye y nombra a su hermano Cuitláhuac, señor de Iztapalapa, como tlatoani. Creo que es una persona que lo debe haber pasado bastante mal. Es como dice Alfonso Reyes en su Visión de Anáhuac: “Moctezuma el doliente”. No podría existir un término mejor.

—¿Los mexicanos hemos sabido conciliarnos con este pasado? ¿Qué hace falta trabajar en este sentido?

En términos generales hay una visión, a veces idealizada, del mundo prehispánico. Se ha enaltecido a ese mundo en detrimento de lo español, de nuestra otra parte. El mexicano debe entender que está compuesto por esos dos grandes aspectos y que históricamente así se dio.

—Este momento, a 500 años de la Conquista, ¿nos permite revisitar la historia y profundizar más allá de las ideologías y la interpretación oficial?

Hay que aceptar la historia como se dio, no podemos andar inventando. Ahora es muy socorrido decir, y no hay ningún dato para eso, que Tenochtitlan se fundó en 1321, todo para que se tenga una secuencia con 1521, 1821 y 2021, lo cual es una manipulación de la historia. El mayor número de fuentes señala que fue en 1325. Una ciudad no surge de la noche a la mañana, hay determinados aspectos que la sociedad, en este caso la mexica, tiene en cuenta. Quizá no es que haya surgido en ese momento, sino que ocurren determinadas cosas que son importantes para ese pueblo y por tanto finca ese momento para su arranque. Hay crónicas que permiten sustentar la hipótesis de que ese año ocurrieron ciertos fenómenos que llevan al mexica a manejar esa fecha como la de su fundación.

​AQ

NOTAS MÁS VISTAS