A diferencia de otras dictaduras del continente como la argentina o la chilena, la dictadura brasileña recibió menos atención internacional por factores como una menor visibilidad mediática, una mayor duración y gradualidad de los crímenes cometidos, y la falsa sensación de estabilidad y desarrollo que dio el crecimiento económico. El pasado domingo, la película Aún estoy aquí, que narra una parte de la historia de esa dictadura, ganó el Oscar a la Mejor Película Extranjera, en medio de los intentos de la extrema derecha brasileña para persuadir a la gente de no verla.
Brasil es uno de los pocos países de América Latina que no ha llevado a juicio a los responsables de los crímenes de lesa humanidad cometidos durante la dictadura militar (1964-1985), principalmente por la Ley de Amnistía de 1979, que garantizó impunidad a quienes participaron en torturas, desapariciones y asesinatos.
La ley fue promovida por el propio régimen militar como una estrategia para blindar a sus fuerzas represivas. Aunque en otros países de la región las leyes de impunidad han sido revocadas o declaradas inconstitucionales, en Brasil sigue vigente.
Este pacto de silencio ha permitido que políticos como Jair Bolsonaro reivindiquen abiertamente la dictadura y sus implicaciones. La falta de justicia ha permitido la consolidación y fortalecimiento de las fuerzas represivas, mismas que hoy siguen protagonizando hechos como la brutal violencia policial en las periferias contra las minorías o el fallido intento de golpe de Estado contra el presidente Lula Da Silva.
La creación de la Comisión Nacional de la Verdad durante el Gobierno de la expresidenta Dilma Rousseff, —quien también pasó más de tres años en prisión, sufriendo todo tipo de vejámenes como víctima de la dictadura—, fue uno de los pocos avances por la memoria y la verdad, pero no tuvo facultades para exigir sanciones. El informe final documentó 434 casos de personas asesinadas por el régimen, entre ellas, 210 siguen desaparecidas, además de miles de casos de tortura.
Sin embargo, el proyecto Brasil: Nunca Mais, que surgió en secreto durante la dictadura militar, estimó que al menos 20,000 personas fueron torturadas.
Aún estoy aquí, dirigida por el brasilero Walter Salles, está basada en las memorias de 2015 de Marcelo Rubens Paiva, cuyo padre, el diputado Rubens Paiva, fue una de las personas torturadas durante la dictadura militar, cuyo caso sigue sin que los responsables hayan rendido cuentas. La Comisión Nacional de la Verdad confirmó que Rubens Paiva fue torturado y asesinado en instalaciones militares.
La entrega del primer Oscar a Brasil ocurrió en pleno domingo de Carnaval. El pueblo brasilero se detuvo para ver triunfar a la película que habla de uno de los episodios más macabros y dolorosos de toda su historia.
Aunque figuras como Bolsonaro, Javier Milei, Victoria Villaruel, Michel Temer y Sebastián Piñera, entre otros, se hayan puesto del lado del negacionismo, las películas son instrumentos contra el olvido y el cine reconstruye la memoria, como lo ha afirmado el propio director Walter Salles. La justicia no se limita solo al aspecto legal, aunque éste sea indispensable en la recuperación de la democracia y el tejido social. El arte y la cultura también cumplen un papel fundamental en la justicia simbólica, tan necesaria para nuestros pueblos latinoamericanos.