Una noticia tras otra, con cada post radicalizado y con los anuncios francamente peligrosos que aparecen cada día más en nuestros feeds, muros o historias, me descubro ya considerando seriamente al menos dos veces al día dejar las redes sociales.
Están tomadas por el odio. El algoritmo usa el desprecio o la mentira como gasolina, y en el caso de X, el nuevo mejor amigo de Donald Trump decide lo que vemos, nos guste o no.
La revista Rolling Stone reportó hace un par de días que las personas que quieran migrar a Estados Unidos, pronto tendrán que revelar su historial en redes sociales. Ya han deportado a personas con residencia de ese país por expresar sus preferencias políticas que van en contra del régimen actual.
Y no, no es tema solo de Estados Unidos. La diferencia es que ahí lo anuncian. Trump no se va a callar una amenaza ni en defensa propia. Pero ya estemos discutiendo del Medio Oriente o de Emilia Pérez es agotador tener que pensar que al expresar lo que sea en redes sociales siempre podrá ser usado espantosamente en nuestra contra en cuanto cambie el viento.
Aún así, ya sea por negocio o por placer, nos tienen atrapados a millones. Y para ser honestos, ya no tenemos ni que publicar nuestras opiniones para estar perfilados.
Mientras escribía esta columna en mi teléfono, justo después de escribir la palabra “deportaciones” y “preferencias políticas” el estúpido aparato solito me sugirió que agregara un emoji de la bandera Palestina. ¡Estoy escribiendo esto en la app de notas!
¿La aplicación ya va a editorializar y perfilar los conflictos por mí también? ¿Con dibujitos? Creo que preocuparnos por si huimos ya de las redes sociales llegó demasiado tarde para poder salvarnos.