Un amigo me escribe una carta de seis párrafos.
En el primero me da detalles de sus circunstancias. Vive en la capital de un imperio antiguo y a menudo circula por zonas que antes fueron los centros de un poder supremo y ahora contienen ruinas, trozos de columnas y de estatuas: “son los páramos de la política”. A diario toma clases de guitarra. Su objetivo es tocar Purple Haze de Hendrix.
En el segundo señala los cambios climáticos que observa en el bosque que circunda su casa: menos pájaros que en otros años, menos abejas, menos hormigas, más huesos de venados, cornamentas, roedores también a juzgar por los hoyos en la tierra seca, cubierta de una capa de polvo blanco seguramente tóxico. “Quieren matarnos los hombres de las corbatas rojas”.
En el tercero me cuenta de su nueva novia, las muchas afinidades, pasiones compartidas que afloran en cada cita telefónica o encuentro por Zoom: beisbol, tenis, rock, viajes en coche por pueblos rústicos, dominó los sábados en la noche, rompecabezas algunos domingos. A veces ella se desnuda frente a la pantalla y él se baja los pantalones. O juegan a las caricias por teléfono y se ríen porque sus cuerpos aún reaccionan como deben. No es amor, me aclara, pero sí “una compañía simple y sincera, deliciosa, aunque sea a distancia. Nada exigente”.
En el cuarto me pregunta cómo estoy, si logro distraerme, mantenerme activa, no pasármela leyendo todo el tiempo (“deja ese hábito: acabarás por momificarte en tu silla”), superar las adversidades de mis “numerosos duelos” (no sé dónde ve tantos), confrontar los “demonios propios y ajenos” (no sé a cuáles se refiere). Me recomienda que haga deporte, lleve una dieta sana y busque amistades que provengan de otros ámbitos que no sean “los bohemios de costumbre… Te imagino dedicándote a otras cosas, organizando reuniones de personajes de muy alto nivel, debates públicos a favor de causas justas, contra la violencia en tu país, por ejemplo. Y puedes seguir escribiendo tus poemas y ensayos; igual hasta consigues más lectores”.
En el quinto me confiesa que trató de leer uno de mis libros, pero no entiende las frases y tiene que releerlas, pensarlas, y aun así no sabe qué significan por más que reconoce las palabras una por una, aunque no cómo las junto yo de manera caprichosa. Además, uso demasiados términos filosóficos: el ser en sí, el justo medio, la dialéctica. “Los conceptos no son tuyos, se nota, aburren… Aprende a escribir sobre la vida.” Tampoco le gustan mis comparaciones. “¿En qué se parece la nieve a la espuma de una cascada vista desde abajo?”
En el sexto intenta suavizar sus comentarios: “no te desanimes. Soy un hombre ignorante”. Se despide con abrazos.
Quisiera responderle correctamente. Haré borradores. Sé que hay modelos de cartas en internet. Escribiré una crónica de mi semana libre de abstracciones, llena de anécdotas. Haré chistes sobre la mesera que trabaja en la fonda a una cuadra de mi edificio: cuánto me obsesiona, cuánto la odio.